El domingo 10 de septiembre de 2023 escribía en el diario:
Ella contestó esta mañana y ya se nos disparó la conversación; hasta tal punto, que ella pareció asustarse de su grado de apertura…
Este suceso, tantas veces repetido -antes y después-, me dio pie a escribir una nueva entrada en La Bastida Errante; la cual copié a renglón seguido en el diario.
Se titulaba UN TEMBLOR; y decía así:
El viento llenaba las velas y la espuma blanca nos bautizaba.
Hablábamos de cualquier cosa, pero el silencio hablaba más alto.
Hubo una pausa en el diálogo. Yo comprobaba las rutinas de la navegación. Tú acechabas el horizonte.
Entonces volviste a hablar y creí notar un temblor en todo.
(El dios del mar es el dios de los terremotos, como es sabido).
Seguías con la mirada atrapada en el horizonte, el océano se alborotaba alrededor.
Pero algo en ti retomó las riendas. Volvió el silencio. Murió el mar.
-Regresemos -dijiste.
Fue difícil hacerlo.
El viento no soplaba en esa dirección.
Y así fue como, aquel día, para mí quedó definitivamente incorporado un nuevo sillar a nuestra casa de palabras.

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