«Me parece particularmente conmovedor el capítulo dedicado por Balló a la mujer en la ventana porque elige uno de los escenarios más matizados y también más complejos. El cine ha pretendido ser la ventana de nuestro mundo en igual medida en que la pintura lo quiso ser para el que se iniciaba con el Renacimiento. En ambos casos la voluntad de penetración es absoluta: nada debe quedar al margen del cuadro, en un caso, y del fotograma, en el otro.
Pero lo cierto es que finalmente la ventana no sólo revela, también vela. Relaciona dos planos, pero es también el más genuino encuadre de la escisión. Une y separa, alimenta el deseo junto con la nostalgia, tensa la cuerda entre lo íntimo y lo público. Por todo ello es una buena metáfora para la pintura, como lo será para el cine.
No es nada gratuito, por tanto, que Vermeer, el pintor de la pintura, fuera uno de los primeros que exploraron con especial deleite esta función central de la ventana. Mayor es, posteriormente, la obsesión de Caspar David Friedrich, del que, en efecto, puede afirmarse que pinta continuamente variaciones sobre el doble sentimiento de añoranza y espera. Su Mujer en la ventana, de 1822, concentra inquietantemente las preocupaciones de Vermeer, proponiendo un despojamiento expresivo que, por caminos distintos, resurgirá con otras mujeres en la ventana de la pintura de este último siglo: las transparencias de Magritte, Dalí, Edward Hopper.
Como nos cuenta Balló en su libro, el cine, ventana en sí mismo, está lleno de ventanas que se abren y se cierran al mundo. Ventanas pobladas por mujeres que miran desde esta frontera y por hombres, invisibles, que son mirados con los ojos de la memoria. A través de esas ventanas se intercambian la plenitud y la ausencia, la súbita belleza y el lento crepúsculo de las ilusiones.
Cuando vi por primera vez Mujer en la ventana de Friedrich no pude separarme fácilmente de aquel cuadro. Ahora, no obstante, cuando trato de recordar a mujeres en la ventana no puedo dejar de acordarme también de la cara de Silvana Mangano en aquel primitivo palacio de Edipo Rey de Pasolini, dueña de la expresión que anticipa el desastre, o de aquella otra, poderosa y desolada, de Bette Davis en la ventana final de Las hermanas de Litvak balbuceando: Please, come back.»
De un artículo de septiembre del año 2000, incluido en la Enciclopedia del crepúsculo, de Rafael Argullol; Acantilado, 2005; pgs. 134-135.

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