«Llevado por las formas y a la vez dominándolas, las simplifica, las condensa, las ordena, y hace cuanto sea preciso para elevar su potencia expresiva, haciendo evidente su autenticidad.
Pero el pintor, al captar la esencia de la cosa, se capta también a sí mismo.
Igualmente, no de modo teórico, como, por ejemplo, un psicólogo investiga su propia interioridad, sino viviendo de manera inmediata. Al percibir el contacto esencial de la cosa, algo despierta en su propio ser.
Eso se hace más evidente en la literatura. Pensemos, por ejemplo, en la poesía de Mörike La hermosa haya, cómo ante ese noble árbol el poeta percibe las posibilidades de forma clara, llena de vida, que residen en él mismo, pero quedando cubiertas por la lamentable vulgaridad de su modo cotidiano de manifestarse. Eso, en efecto, es lo que significa en general encuentro, a diferencia del mero ir a parar ahí: Vemos una cosa, percibimos su modo peculiar de ser, su grandeza, su hermosura, su menesterosidad, y así sucesivamente; y en seguida, como un eco vivo, algo responde a ello en nosotros mismos, algo se pone alerta, se levanta, se despliega. Incluso se puede decir del hombre que es el ser capaz de responder con su ser interior a las cosas del mundo, realizándose a sí mismo precisamente en ello. Cuanto más importante es el hombre, más fuerte, más rica, más honda, más sutil es su capacidad de encuentro y de respuesta, llegando a encontrarse a sí mismo. Ahora, en el artista, ese proceso de la respuesta tiene una fuerza especial. Hemos visto que no capta la cosa simplemente tal como está delante, sino contemplando su esencia desde su presencia; asimismo, en ese encuentro emerge también su propio ser, algo de lo que él es, no en lo meramente cotidiano, sino en lo más íntimo. Eso no tiene nada que ver con el mirarse en el espejo -no necesariamente, por más que pueda haber vanidad en cada cual-, sino que es exactamente un despertar del núcleo esencial igual que en la cosa, pero ahora en él mismo. Por eso también sería falso hablar aquí de subjetivismo -una vez más, considerado como algo básico, por más que haya aquí una posible experiencia de sí mismo-, sino que se trata de lo que es auténticamente el hombre en cuestión, por su creación y vocación, y, por tanto, también de lo que ha de llegar a ser en el transcurso de la realización de sí mismo.
Tanto la esencia de la cosa como la del artista mismo se identifican de modo vivo, abriéndose paso hacia la expresión. La sensación de sí mismo que tiene el artista confluye con su modo de ver la cosa; la estructura de sentido de la cosa se percibe desde la emoción de la percepción de sí mismo; y ambas cosas ocurren de tal modo que se convierten en forma, en obra.»
La esencia de la obra de arte, de Romano Guardini; en el primer volumen de sus Obras; Cristiandad, 1981; pgs. 311-312.

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