«Cabalgó todo el día y el día se nubló ante él y sopló un viento fresco por el campo. Había cargado de nuevo el rifle, que llevaba cruzado sobre el arzón, y cabalgaba con el sarape sobre los hombros y los caballos sin jinete sueltos delante de él. Al atardecer toda la región del norte estaba negra y el viento era frío y se abría paso por la región fronteriza a través de los ralos terrenos pantanosos de hierba y piedras volcánicas. Se sentó sobre una bajada de la tierra alta en el crepúsculo frío y azul con el rifle sobre las rodillas mientras los caballos atados pacían a sus espaldas. En la última hora de luz suficiente para ver las miras de hierro del rifle entraron cinco ciervos en la bajada, levantaron las orejas, se quedaron quietos y luego se inclinaron para pacer.
Eligió la hembra más pequeña y disparó. El caballo de Blevins se encabritó con un relincho donde le había atado y los ciervos de la bajada se alejaron a saltos y desaparecieron en el crepúsculo. La pequeña hembra quedó coceando en el suelo.
Cuando llegó hasta ella, yacía en su sangre sobre la hierba. Él se arrodilló con el rifle y le puso la mano en el cuello y el animal le miró con ojos cálidos y húmedos en los que no había ningún temor y entonces murió. Se quedó contemplándolo largo rato. Pensó en el capitán y se preguntó si estaría vivo y pensó en Blevins. Pensó en Alejandra y recordó la primera vez que la vio pasar por el camino de la ciénaga al atardecer, con el caballo todavía húmedo porque lo había metido en el lago, y recordó los pájaros y el ganado en la hierba y los caballos en la mesa. El cielo estaba oscuro y un viento frío soplaba por la bajada y a la luz mortecina un matiz frío y azul había convertido los ojos del ciervo en una cosa más de las muchas que le rodeaban en aquel paisaje oscurecido. Hierba y sangre. Sangre y piedra. Piedras y los oscuros medallones que imprimieron sobre ellas las primeras gotas planas de lluvia. Recordó a Alejandra y la tristeza que había visto por primera vez en la curva de sus hombros y que había creído comprender y de la que no sabía nada, y experimentó una soledad que no había conocido desde que era niño y se sintió totalmente ajeno al mundo, aunque todavía lo amaba. Pensó que en la belleza del mundo se escondía un secreto. Pensó que el corazón del mundo latía a un coste terrible y que el dolor del mundo y su belleza se movían en una relación de equidad divergente y que en este temerario déficit podría exigirse en última instancia la sangre de multitudes por la visión de una única flor.»
Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy; Random House, 2009; pgs. 313-314.

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