Arde la hoguera sobre el acantilado.
En las rachas más violentas de nordeste bravo, el fuego parece apagarse;
sólo para revivir de inmediato, más intenso si cabe.
No arde en él madera o carbón, sino carne humana.
Pues arde un cuerpo sobre el acantilado.
Es lo único que siempre ha sabido hacer:
arder.
A cierta distancia, calienta.
Pero también puede hipnotizar. O cegar.
Quemar.
Ardo sobre el acantilado.
Sólo Dios sabe
cuánta ceniza le queda al viento
por llevar al horizonte.

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